Hace algunos años conocí en la universidad a Juan. El hombre era la nobleza andando: había estudiado en un colegio religioso, participaba de un grupo parroquial, trabajaba haciendo obras sociales y organizando retiros… durante un tiempo incluso usó una cruz como prendedor en el suéter. Su padres tenían buenos trabajos y su condición económica era muy buena. Mientras estudiaba, trabajaba también como asistente en una empresa financiera. Un día, comenzó una relación con una chica mucho más humilde que él; llamémosla María.

Al contrario que Juan, María provenía de una familia humilde. Su papá era un chofer de autobús y su mamá era costurera. Ambos se conocieron en la parroquia y empezaron a salir. Pese a no estar muy enamorado de ella, ambos iniciaron una relación. Juan empezó así a frecuentar la casa de María, donde fue testigo de primera mano de cómo las cosas no eran como en su casa. La plata no sobraba y en ocasiones, incluso escaseaba.

María estaba estudiando en un sencillo instituto para ser profesora de educación inicial. Llegado un momento, la plata simplemente faltó y María tuvo que interrumpir sus estudios. Esto descorazonó a Juan, que luego de meditarlo un rato, se ofreció a pagar la mensualidad del instituto. Así, mes a mes, Juan costeaba los estudios de María.

Unas semanas después, y mientras no había nadie en casa de María, llegó un juez que le descerrajó la puerta por no pagar el alquiler mensual durante mucho tiempo. Todos los muebles de la familia de María estaban en la calle. Los vecinos avisaron a María, que llegó hecha un mar de lágrimas y llamó a Juan. Juan llegó, vio lo que había pasado y se ofreció a alquilar un camión para trasladar las cosas hacia un cuarto, del que por supuesto, pagó el alquiler adelantado. Se dijo que seguramente el papá de María se lo devolvería (lo cual nunca pasó).

Después de algunas semanas, la línea del bus que llevaba a María de su nuevo cuarto al instituto fue descontinuada. María podía usar otra ruta, pero eso implicaba usar dos buses en vez de uno y el presupuesto no le alcanzaría. Juan, en su gentileza, se sintió mal por ella y se ofreció a llevarla todos los días. Entonces, cada día de lunes a viernes, Juan salía de su trabajo a la hora del almuerzo, recogía a María -que estudiaba en las tardes-, la dejaba en su instituto, regresaba a la oficina (muchas veces tarde y sin comer, o habiendo comido sólo un sandwich) y a la hora de salida, iba nuevamente al instituto a recogerla y dejarla en su casa. Así transcurrieron cinco años, llenos de este tipo de “bondades”, tras los cuales finalmente Juan terminó con María.

¿Juan es un santo? ¿es lo que debe hacer un hombre bueno, preocuparse por que no le falte nada a nadie, sobre todo a la mujer que quiere?

No. Juan, con su poca experiencia y con su buen corazón, cometió un error garrafal: evitó que María se valiera por sus propios medios. Eso es lo que llamo el “síndrome de Superman” en la pareja: uno de los dos “salva” al otro, aún a costa de sí mismo, en el afán de evitarle sufrir. Y con esas buenas intenciones, en vez de ayudar al otro, se crea una relación de simbiosis y dependencia: “Superman” la ayuda, se siente bueno con ello, y “Luisa” encuentra un protector y una manera de no pasar un mal rato.

Hay una historia que circula en internet que seguramente has leído. En resumidas cuentas, narra cómo un hombre que veía cómo una mariposa intentaba salir de su capullo y no lo lograba, intenta ayudarla cortando el capullo y liberándola. Finalmente, la mariposa sale, pero queda desvalida para toda la vida, porque el esfuerzo y la presión del capullo que se creaban cuando intentaba salir eran lo que forzaban a los líquidos de su cuerpo a ir hacia las alas, para que se desplieguen y obtengan fortaleza. ¿Captas la idea?

Seguramente te desespera y te rompe el corazón que ella pase malos momentos, llore y se sienta atrapada sin salida. Pero esa desesperación no debe llevarte a evitarle pasar problemas en la vida, porque tu labor no es mantenerla en una burbuja. Tu papel como su pareja es ayudarla, darle ideas y trabajar con ella, no en vez de ella. Si pasa por dificultades, acompáñala, haz que no se sienta sola. Hasta préstale dinero si te lo pide y si está en sus posibilidades. Pero no le cortes el capullo, porque no aprenderá a volar. No sabrá cómo salir sola de los problemas que le pone la vida delante. Y tú necesitarás que vuelen contigo y te sostengan cuando te toque a ti pasar el mal rato.

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4 Responses to No tienes que salvarla, no eres Superman

  1. qwerty says:

    muy muy buen articulo, luego si te topas con gente asi. Buena informacion e historia. Gracias

  2. awerty says:

    Hola, desde hace tiempo leo tus post y me gustan, me ayudan tus consejos en unas que otras cosas, y este post me agrado bastante, pero no me gustó que digas que la pobreza va de la mano con la humildad ya que como bien sabes la pobreza puede ser tanto economica como espiritual. Saludos

  3. Hugo Garcia says:

    Muy muy buen articulo, sabes para los hombres es muy dificil no ayudarlas, pero como dices, no somos Superman, eso solo sucede en las peliculas, a menos que seas un multimillonario que puede tirar dinero al aire sin importarle, pues alli si se puede hacer algo!! jejeje
    Que buen blog..

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